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En mi jardín, en mi mundo…

Tapete Ingles (Polygonum capitatum)

“Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido.”

Marguerite Duras

 

Estaba sola, siempre lo estaba y a pesar de tener muy presente mi soledad, esta no me molestaba.

Mi hermana, que tenía casi 2 años más que yo, probablemente estaría en la calle, jugando con mis primos que vivían dos casas más adelante, por aquel entonces jugar delante de casa en Sao Paulo – Brasil, aun era seguro. Sin embargo yo  pocas veces me unía a ellos.

Había un jardín delante de nuestra casa, donde pasaba las horas, entretenida con mis cosas.

Daba vueltas por allí, persiguiendo mariquitas, mariposas y milpiés, contando piedrecitas, enterrando los dedos en la tierra o persiguiendo al conejo que tenia por mascota. La hierba estaba siempre muy alta en mi enorme territorio, o al menos eso era lo que parecía, a mis 4 años de edad. Todo aparentaba ser  grande y salvaje. Hierba era todo lo que había, nada de árboles, arbustos o enredaderas. El aspecto del jardín era descuidado, pero no le importaba a nadie. Mi padre siempre estaba trabajando, con su camión o en el mercadillo y mi madre nunca estaba en casa.

Un día en uno de estos paseos por mis verdes dominios, descubrí algo muy cerca del suelo que desentonaba de tanto verde, de tanto matorral. Tenía un colorido pálido y se repetía en varios pequeños pompones. Eran flores. Ya había visto flores en el jardín de mi abuela, pero nunca las había tocado ni tampoco había visto ninguna entre toda la hierba de mi casa.

La pequeña planta tenía muchas florecillas y sus hojas eran diminutas, cubría una insignificante porción del suelo y no tenía mucha altura (Polygonum capitatum).

polygonum capitatum

Arranqué una de las flores sin tener mucha idea de lo que hacía y como había visto mi abuela hacer en alguna ocasión, llené un vasito de plástico con tierra y metí la rama de la pequeña flor en un agujero que hice con el dedo. Sin raíces, sin nada. ¿Qué sabia yo de plantas?

No tardó más que un día para que la florecilla se secara y perdiera su precioso color. Entonces me fui a mirar cómo estaban las flores que aun quedaban en la planta madre, y estas seguían igual que el día anterior. Con su color rosa pálido tan precioso, las ramas aun verdes y tan viva como antes.

A pesar de mi poca edad no me costó mucho entender que en mi afán de tener la belleza de aquella flor más cerca de mí, en la ventana de la habitación, la había matado.

Los seres humanos tendemos a repetir este error una y otra vez, a lo largo de nuestras vidas, siempre estamos queriendo poseer las cosas, las personas, los momentos. Nos olvidamos de que es posible una apreciación de la vida, sin que tengamos que dominarlo todo.

Sin embargo, de la misma manera que entendí que había matado la flor, también entendí que la planta madre aun seguía viva y me puse a quitar toda la mala hierba que había alrededor de esta, para que pudiera verla mejor y para que tuviera más espacio para lucirse en mi vergel.

Cada día iba a visitar a mi nuevo hallazgo y veía como la planta crecía de forma perezosa pero rápida, sus nuevos brotes, los capullos y las flores que duraban un par de días y luego dejaban vez a las nuevas flores.

El ciclo se repetía.

polygonum capitatum monique briones

Así mis jornadas adquirieron un nuevo sabor, el observar crecer día a día aquella plantita, había llenado de sentido y de alegría mis solitarios momentos esperando a que los adultos volvieran de sus atareadas vidas.

Una mañana de domingo desperté con el ruido de un motor fuera y reconocí al cortador de césped. Salí desesperada al jardín, aun en pijamas y descalza, pero ya era tarde. Cuando llegué al cobijo de mi preciada planta, ya había ocurrido un cruel asesinato. La planta había sido destrozada en mil partes por la “segadora de vidas”, pilotaba por mi padre.

No quedaba nada, solo se veían los montones de restos de hierba por recoger, que acabarían quedando en el mismo sitio por semanas.

A llorar. No me quedaba otra. La orden de limpiar el jardín venia de mi madre, mi padre solo le obedecía, y nadie podría saber qué pequeños tesoros tenía yo allí escondidos. ¿Cómo podrían imaginar siquiera que me dolía en el alma haber perdido a mi mayor riqueza? ¿Cómo podrían llegar a entender mi afecto por algo tan efímero y para ellos, tan banal y fútil?

Me encerré en la habitación que compartía con la que por aquel entonces, era mi única hermana. A contar carneros del papel pintado de la pared.

Ya lloraría mi pérdida con la abuela, y le pediría prestado su jardín para observar las plantas.  Yo creía que la abuela Rosa era la única que podría entender mi desilusión, porque la había visto cierta vez regañar al abuelo por haber maltratado algunas de sus plantas.

No obstante, este incidente me marcó y ya no había vuelta atrás. Aquella pequeña planta, mi tesoro, había despertado algo en mi interior que me cambiaría la vida.

Monique Briones

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5 responses

  1. Hermoso me ha hecho llorar, por que tal vez entiendo el valor de cualquier planta, es un milagro de la vida.
    Gracias por compartir.
    Un saludo desde Venezuela

  2. Felicitaciones por tu blog; tus jardines; tu inspiración; y sensibilidad!, puedo leerte y sentir lo que sentís, describís lo que siento, me apasiono mirando “una abeja en una zinnia”, “un picaflor en una salvia”…, hasta reconozco el sonido que hacen sus alitas cuando están cerca, y ahora en otoño en mi pais, el sol en el jardin, la sombra de un olivo, los arboles desnudándose para permitir que el sol abrigue mi jardín, las hojas tan variadas, cada una especial, diferente, ninguna es igual, como no quedar anonadada con tanta belleza, tan sublime.

  3. TIERNA HISTORIA, PERO ES VERDAD LAS PLANTAS SILVESTRS SON TAN HERMOSAS COMO LAS CULTIVADAS!!! A MI ME ENCANTAN LAS PALANTAS, PERO A VECES NO HAGO UN TIEMPO SUFICIENTE PARA DEDICARSELOS A ELLAS!!!!

  4. Y la vida cambió para siempr…, hermoso texto….y tu caompañía fueron tus hermosas plantas…. cariños

  5. Una historia plena de sentido.
    Gracias por compartirla!!!

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